jueves, 14 de diciembre de 2006
Manejo de gestión
Se puede definir PROYECTO como un conjunto de actividades interdependientes orientadas a un fin específico, con una duración predeterminada. Completar con éxito el Proyecto significa cumplir con los objetivos dentro de las especificaciones técnicas, de costo y de plazo de terminación. A un conjunto de Proyectos orientados a un objetivo superior se denomina PROGRAMA, y un conjunto de Programas constituye un PLAN, como corresponde generalmente a los grandes Planes Nacionales.
Todo proyecto tiene tres facetas o aspectos diferentes que es necesario armonizar para la consecución del resultado deseado:
Dimensión técnica: Es necesario aplicar los conocimientos específicos de cada área de trabajo, cumpliendo con una forma de trabajar y unos requisitos (el "know how") que cada profesión impone. Es de sentido común que es necesario disponer de los conocimientos adecuados para resolver el problema en cuestión o realizar la obra encomendada. Pero la importancia de esta faceta técnica no debe eclipsar el resto de aspectos que intervienen en la consecución de un proyecto, y que otorgan a esta actividad de una trascendencia y complejidad mayores
Dimensión humana: Un proyecto es un complejo entramado de relaciones personales, donde se dan cita un gran número de intereses a veces contrapuestos. A las inevitables diferencias que surgen por ejemplo entre el jefe de proyecto y cliente o proveedores, hay que reseñar las disputas internas a la organización que surgen a la hora de repartir los recursos de que se dispone, pues son varios los proyectos que se pueden estar llevando acabo paralelamente en dicha organización.
Variable gestión: Con este término, adoptado por Octave Gelinier, se hace referencia a algo que a veces se menosprecia porque no es tan espectacular o visible como otros elementos pero que es el catalizador que permite que el resto de los elementos se comporten adecuadamente2. De gestionar bien o mal depende en gran medida el éxito o no de la operación
martes, 28 de noviembre de 2006
PROYECTO: “Comunidad limpia y segura”
El proyecto se elaboró tomando en cuenta al stakeholders “cliente” por que es el principal grupo de interés de la empresa ENAPU S.A. (Empresa Nacional de Puertos)
Debido a las encuestas y entrevistas a profundidad que hemos realizado a los pobladores, clientes y colaboradores se ha identificado puntos débiles que “perjudican” la imagen externa de la empresa, una de ellas es la delincuencia y alta inseguridad que existe alrededor de la institución a pesar de que la empresa cuenta con un personal de seguridad.
Este proyecto se generará a mediano plazo logrando una responsabilidad social de reciclaje en los pobladores de la zona con la finalidad de dar utilidad al dinero recaudado para mejorar la fachada de la comunidad, asimismo beneficiará la salubridad y la calidad de vida de la población, igualmente implementar la seguridad en la zona; contribuyendo favorablemente a la imagen externa de la empresa, lo que la beneficiará ya que sus clientes estarán más a gusto y seguros al ir personalmente para realizar sus transacciones comerciales con la empresa.
Con la realización del proyecto se verán favorecidos directamente la comunidad y el medio ambiente ya que se les capacitará a los pobladores a mantener limpio su zona y encontrar una mejor alternativa en el reciclaje. La empresa se encargará de contactar a instituciones que se dedican a este rubro para que los pobladores vendan lo reciclado y así obtengan ganancias propias que servirán para los objetivos ya mencionados.
miércoles, 22 de noviembre de 2006
Un Hogar de Paz en un mundo de caos
Para ellas "el amor de Dios no sólo mueve montañas, sino que lo puede absolutamente todo" , bajo esta frase las Hermanas Misio-neras de la Caridad sacan adelante día a día el albergue Hogar de la Paz, que la Madre Teresa de Calcuta fundó hace ya 32 años. Decenas de almas caritativas revestidas de un sincero amor por el prójimo, se aproximan al albergue para prestar cualquier tipo de ayuda.
El origen
Ubicada al lado de Tacora, una de las zonas más comerciales y peligrosas de Lima, el Hogar de la Paz se alza en la cuadra 28 de la avenida 28 de Julio en el distrito de La Victoria. Es sorprendente el contraste que existe entre ese mundo de drogas, delincuencia y comercio ilegal con el del amor, cuidado, paz y tranquilidad que abunda en el albergue.
Cruzar unas de las puertas del Hogar de la Paz es toparse con la cruda realidad, con la inmensa necesidad que tiene la gente de afuera de ser tratada como humana. Por eso la Madre Teresa de Calcuta escogió este lugar. Cuando Monseñor Bambarén, entonces Obispo de Chimbote, le pidió que hiciera presente su labor en el Perú , tras descartar al distrito de Villa El Salvador como el lugar donde fundaría su Hogar, por no contar en los alrededores con sacerdotes que la apoyaran; decidió comprar la entonces Casona de Descanso de las hermanas ancianas de la congregación de la Presentación.
"Este es el lugar", "este es otro Calcuta", afirmó la Madre Teresa al observar la miseria no sólo material sino también espiritual que rodeaba el lugar. Para el 04 de Octubre de 1973 ya era realidad su ilusión de acoger a los olvidados: niños, jóvenes, ancianos que necesitaban de ayuda,
los que sintieron por fin una mano amiga que los pudieran salvar.
Un día en el Hogar
En el Hogar de la Paz, el día comienza a las 5:00 de la mañana, las hermanas se colocan sus clásicos mandiles largos de cuadros azules para después no sacárselos hasta las 9:00 de la noche cuando se van a dormir. Envueltas en sus saris blancos bajo sus mandiles, con sus rosarios en el cuello y sus crucifijos al hombro sujetos con imperdibles, las Hermanas empiezan su labor un nuevo día cantando y riendo, no paran ni un solo instante "siempre hay algo que hacer", afirman. Con la ayuda de las señoras que trabajan allí, encargadas de algún pabellón o sector, y del voluntariado, que generalmente aumenta los fines de semana, las Hermanas, logran que día a día a los más de 150 pacientes no les falte nada.
En la puerta, Don Félix, un anciano que fue abandonado moribundo por su familia en las afueras del albergue y hoy completamente recuperado, va dando paso a los jóvenes que están dispuestos a hacer voluntariado y a las mujeres que suplican algo de comer. Ellas van recibiendo una a una, panes, plátanos o pedazos de carne.
En el jardín, que está al lado de la puerta, se alza un pequeño altar de la Virgen María, las Hermanas hacen un único alto a sus quehaceres para rezarle.
Las donaciones desde cocinas hasta almohadas, se encuentran al frente contra la pared.
Primer piso: lugar de los abuelitos
En el patio principal donde se ubica al centro otro altar, se encuentran jugando sapito, escuchando música o conversando los ancianos que viven en el albergue. Muchos de ellos con algún mal: demencia, diabetes, TBC, o con las piernas accidentadas, los mismos que van transportándose de un lugar a otro en sillas de ruedas. Así como Don Felix, el anciano que cuida la puerta, algunos han sido abandonados, en situación crítica, por su propia familia en la puerta del albergue, han sido asistidos y se han recuperado; lamentablemente otros fallecieron pero fueron enterrados en "cristiana sepultura" por las mismas hermanas en cementerios de Jicamarca y Cajamarquilla. Los familiares jamás han regresado a preguntar por ellos.
Para las 11.30 de la mañana, en la cocina, una voluntaria con ayuda de jóvenes se encarga de hacer el almuerzo para los abuelitos: arroz blanco con zanahoria y pollo sancochado; esta comida sugerida por los nutricionistas que son contratados, y que vienen 3 veces por semana.
Los terapistas, también contratados, tienen que luchar con la falta de implementos reparando las sillas de ruedas, los juegos didácticos y los instrumentos de ejercicio; todos los días, los ancianos van a encontrarse con ellos, algunos se echan en la cama, mientras que los terapistas les van moviendo suavemente las piernas, van armando rompecabezas o pedaleando una bicicleta estacionaria de ejercicio. Uno que otro se queda dormido en plena práctica.
Segundo piso: lugar de los niños; Roxana, una niña singular
Subiendo la rampa ubicada a un lado del patio, se encuentran más de 50 niños, la mayoría de ellos con problemas de parálisis cerebral y Síndrome de Down. El sonido de gritos, risas y lloriqueos hacen notar la diferencia con el primer piso donde se ubican los ancianos. Los rostros de cada uno de estos niños, ubicados hasta en los pasadizos, son como de pequeños ángeles terrestres.
El cuarto esta pintado de un rosado bajo y las cunas están llenas de peluches y juguetes, las ropas donadas van siendo separadas y guardadas en el pequeño cajón de cada niño.
Este quizá sea el sector que tiene más ayuda del voluntariado, cada joven se encariña y acoge a un niño para hacerle jugar, vestirlo, darle de comer o hacerle dormir. La señora Patty es la encargada del pabellón de niños, ella es trabajadora del albergue y recibe un pago mensual.
El almuerzo para cada grupo de ellos es diferente, unos comen un licuado de arroz, zanahoria, hígado y zapallo y otros como Roxana, comen la comida solo mezclada.
Roxana fue acogida en el albergue hace 6 años, sus padres a los 20 días de internarla en un hospital, la abandonaron; las trabajadoras sociales de este centro médico hicieron saber su situación a las Hermanas de la Caridad y ellas la acogieron con los brazos abiertos. Así como ella, muchos niños llegan al albergue, son trasladados de hospitales o los traen las propias Hermanas en sus recorridos por los barrios más pobres. Roxana, que padece de una enfermedad cerebral, es una niña linda de 10 años que de vez en vez deja ver una sonrisa cuando mira a sus demás amigos, pero como toda niña, es engreída y juguetona, cierra su boca y llora cuando algún joven voluntario le quiere dar de comer, ella sólo quiere a la Sra. Patty, a quien reconoce. "Roxana es tremenda, ella entiende todo" señala la señora.
Luego del almuerzo sigue el postre, una riquísima mazamorra de piña, para terminar después con un agua de hierba. De las niñas con parálisis cerebral y que son alimentadas con tubos se encargan personalmente las hermanas.
Es sorprendente enterarse que muchas de estas niñas van todas la mañanas a las escuelas, tras tomar sus jugos de papaya en el desayuno, el chofer, que maneja la pequeña camioneta del albergue, las va dejando a cada una en sus respectivos colegios, algunas en escuelas especiales y otras en normales a pesar de sus impedimentos físicos.
Si bien en este piso de niños el panorama superficial puede ser impactante, también lo es el hecho de percibir tanto amor flotando en la atmósfera, y es gratificante ver la sonrisa de cada niño, de saber que se ha contribuido con esa alegría. Mucha de las sonrisas de los niños son originadas por jóvenes de la zona que vienen a hacer voluntariado.
El voluntariado: Maicol un ejemplo para seguir
"Acá ya tengo a mi preferido, Martincito, cada vez que puedo vengo a darle de comer y a jugar con él", señala Maicol, un adolescente de apenas 16 años que recién hace 1 mes dejó de robar billeteras, casacas, lentes, zapatillas de las personas que pasaban inocentemente por Tacora.
Se fugó de su casa de San Juan de Lurigancho porque recibía muchos golpes e insultos de su padrastro, los amigos que encontró en la calle lo impulsaron a robar "como jugando"; lo que conseguía lo llevaba a vender en Tacora, con el tiempo prefirió robar por allí cerca.
La curiosidad hizo que entrara por primera vez al albergue, en un primer momento pensó que lo hiban a sacar a patadas como comúnmente era tratado en todos lados, pero las Hermanas, le dieron la oportunidad de conocer otra vida "cuando recién comencé a frecuentar esta casa, venía en las mañanas a ayudar a la Hermanitas pero robaba en las tardes y en las noches. Al ver que hay gente que de verdad espera algo bueno de ti, me di cuenta que no valía la pena robar para mis vicios", afirma.
Hoy Maicol trabaja cargando mercadería del mercado que está al lado del albergue, con la propinas que le dan, compra juguetes usados a Martín, un niño de 5 años que sufre de epilepsia y que le hace recordar al hermano que en el pasado dejó en casa.
Así como él muchos jóvenes se hacen presentes, jóvenes de la calle que vienen en grupos o chicos pertenecientes a alguna parroquia que ejerce labor social. Tal vez la diferencia esté en sus polos o pantalones, en sus rostros sucios o en sus brazos con cortes, pero no en la intención de ayudar.
Existen también voluntarias mayores encargadas de la confección de colchas, toallas, frazadas; mujeres que se encierran en un pequeño cuarto, cogen la máquina y cosen todo el día; voluntarias encargadas de lavar a mano las pequeñas ropitas de todos los niños sus medias, sus baberos. En una pequeña lavandería las señoras lavan las frazadas sin importarles terminar completamente mojadas.
Para hacer la comida, las voluntarias tienen que llegar temprano a pelar los casi 15 kilos de papas, sancochar los pollos, hacer hervir las piñas para la mazamorra y hervir el agua para las yerbas que se les da a los niños o licuar las papayas para el jugo de los ancianos.
Los jóvenes llegan a pasar los trapeadores a todo el piso, moviendo las cunas o las pequeñas mesas, los adolescentes lavan los platos, ollas y cucharas sucias.
Si bien siempre hay ayuda nunca hay de sobra, siempre hay algo que hacer y alguien a quien socorrer.
La Hermana Adonai
Llegó al albergue hace 8 meses, pero fue a los 17 años que decidió decirles a sus padres y 11 hermanos que desistiría de la idea de estudiar Turismo o Enfermería y se dedicaría a la vida religiosa.
Con su sari blanco de bordes azules, con ojos de mirada tierna y manos blancas y maltratadas, características de las personas que hacen quehaceres en el hogar, la Hermana Adonai, de 35 años de edad, confiesa que lo ha visto todo; a pesar de ello, afirma que la pobreza y la falta de consideración para con los necesitados, es una situación impactante en el Perú.
Si bien no estudió ninguna de las carreras que pensó seguir en su adolescencia, hoy hace ambas cosas; debido a que es enviada a misión, viaja de un país a otro a lugares donde existen albergues de la Congregación de la Caridad; Colombia, Bolivia, Venezuela, Filipinas, han sido algunos de los países donde ha estado y donde además ha tenido que convertirse en enfermera para curar las llagas de las personas ensangrentadas que se aproximaban a los Hogares, o para socorrer a algún niño desnutrido y moribundo. Sin embargo, "todo se puede con el amor de Dios", afirma con fé deslumbrante y sincera sonrisa.
Hoy en el albergue es la encargada de la formación de las aspirantes que quieren pertenecer a la congregación, sugiere antes que nada que las jóvenes convivan en el albergue durante 15 días, lo que les permitirán reflexionar sobre su verdadera vocación, "eso se llama discernir y si las jóvenes regresan, seguras de su vocación, su formación será cerca de 2 años" , señala con mirada pícara que hace notar su invitación a participar en esa vida religiosa. "Luego se les manda a misión", agrega confesando con su rostro la nostalgia que tiene de su país, El Salvador, donde se encuentra su familia y sus 15 gatos, a los que vio hace poco. Cada 10 años pueden viajar a ver a sus padres, "es parte de la misión", así como lo es salir a recorrer cada mes los barrios más pobres de San Juan de Lurigancho, la Victoria, El Agustino y Tacora para darles a las personas comida, ropa o palabras de esperanza y confianza. De estos recorridos es también que traen a niños discapacitados en abandono y ancianos tristes que se encierran en sus casas, olvidados. A su vez ven la situación de cada familia y a las mujeres más pobres les ofrecen trabajo en el albergue, la señora Patty es una de ellas.
La Hermana Vianney, Madre Superiora del albergue se encuentra gran parte del día viendo las cuestiones externas relacionadas con el albergue. Su presencia fuerte, calmada y segura va de escuela a escuela pidiendo restituyan a las niñas que viven en el albergue, expulsadas de sus colegios por su malos comportamientos.
Donación: Caridad espontánea
El albergue se mantiene de la Caridad espontánea de las personas, no reciben mensualidad del Estado, ni lo permitirían, porque su idea no es que las personas den por obligación, sino por amor. Y es justamente así como muchas personas independientes ayudan donando bolsas de arroz y toda clase de víveres; además de eso regalan ropitas, biberones, juguetes y hasta cocinas a gas.
Frente a la puerta Don Félix acomoda los bancos, los hornos microondas y las lámparas que han sido donadas, muchas de las cosas que son innecesarias en el albergue son dadas a las mujeres que desde las 5:00 de la mañana hacen cola para recibir alguna ayuda.
Si bien en el Perú abundan las más insensibles existencias humanas, también conviven con ellas la más admirable caridad, esto lo demuestran todos los días las personas que llegan al albergue donando muchas veces, lo poco que tienen.
Navidad: fiesta de todos
